viernes, 20 de febrero de 2009

La estratégica Batalla del 20 de Febrero de 1813




Dolores y pesares del General Manuel Belgrano. Detalles que demuestran como el abogado devenido militar por imperio de los hechos, no defraudó a la Historia.

La jornada del 20 de Febrero de 1813 tiene todos los componentes épicos que la más destacada gesta militar pudiera desear para posicionarse en el egregio altar de las glorias de la Patria. Los detalles de lo ocurrido más o menos son conocidos, lo que no impide volver sobre algunos que demuestran como el abogado devenido militar por imperio de los hechos, no defraudó a la Historia, mostrando cualidades tácticas propias del más insigne estratega y el temple espiritual del que están dotados sólo los grandes hombres.

Cinco meses antes había batido en dos oportunidades a los españoles en Tucumán, primero en el Combate de Las Piedras (3 de Setiembre) y en la Batalla de Tucumán (24 de Setiembre), victorias que le dejarían un favorable saldo logístico y le permitirían duplicar el número de tropas. A comienzos de enero, ordenó Belgrano iniciar la marcha sobre Salta donde se había parapetado el jefe realista Pío Tristán. Como en una homérica historia, ambos Generales se profesaban una antigua amistad, habían compartido las aulas en Salamanca y en Madrid habían amado a la misma mujer.

Acantonada la tropa nacional para refresco en las orillas del Río Pasaje, el 13 de Febrero de 1813, Belgrano manda jurar lealtad a la Asamblea General Constituyente, bajo la flameante Bandera Nacional. Desde aquella jornada el Río recibió el nombre de Juramento.

La disposición en el terreno de las tropas, los padecimientos meteorológicos que hubieron de soportar, la aparición a espaldas del ejército español por el norte, ingresando por la histórica Quebrada de Castañares y los vibrantes relatos del combate son una pieza que, con detalles más, detalles menos, todos conocen.

Es por ello, que en esta Jornada histórica, sea del caso dedicar algunas líneas a esa otra guerra que debieron librar los grandes hombres de la Patria. Porque tanto Manuel Belgrano como Martín Miguel de Güemes y el propio José de San Martín, se batieron en dos frentes; el de las bayonetas enemigas y el más peligroso, el de los egoístas sentimientos y las espurias acciones de sus propios compatriotas.

En días tan graves para la Patria, les fue imprescindible apelar a la prudencia para no caer en el engaño y librarse de las traiciones; mezquindades que no hacían sino turbar la mente de los comandantes cuando les era menester la mayor tranquilidad y confianza posibles.

Esas batallas habían comenzado tiempo antes, en la propia Buenos Aires con las diferencias ideológicas y pragmáticas con Mariano Moreno, hombre teñido de Iluminismo y comprometido con los intereses de Inglaterra, como lo sostiene Ricardo Levene, quien desliza que el puesto de Secretario de la Primera Junta se debió a un “lobby” –se diría hoy- de Mr. Alex Mackinnon, presidente de la Comisión de Comerciantes de Londres en Buenos Aires a quien lo unía una notoria amistad. Extraviado Moreno en un clímax de jacobinismo, no dudará en aconsejar en las “Instrucciones Reservadas” a los jefes de milicia, que: “dejen que los soldados hagan estragos en los vencidos para infundir terror”, puesto que “la menor semiprueba contra la causa debe castigarse con pena capital, ya que ningún Estado puede regenerarse sin verter arroyos de sangre” (Ortega Exequiel César “La primera pena de muerte resuelta por la Junta de Mayo” pág. 175). A cuento de la labor de Belgrano vienen estos párrafos antecedentes puesto que aquello que el gobierno porteño decida –cuyo ideólogo es este Moreno- incidirá directamente en los problemas que deberá afrontar Belgrano como comandante en el Norte. Baste recordar que Buenos Aires le había ordenado replegarse hacia Córdoba y desobedeciendo esta orden permaneció en Tucumán donde obtuvo tan decisiva victoria.

Castelli, primo de Belgrano, había dejado en el norte un reguero de desgraciadas acciones violentando los pueblos y profanando incluso los templos. Moreno le indicaba el 12 de setiembre de 1810 en las “Instrucciones Reservadas” a Castelli en el punto sexto aquello de: “En la primera victoria que logre dejará que los soldados hagan estragos (…)”, lo que motivará a Castelli a dar rienda suelta a todo tipo de ejecuciones. Estos procedimientos llevarán a que Belgrano encuentre en el norte el más desolador cuadro de situación. Julio Raffo da cuenta de los atropellos de Castelli en nombre de la Revolución diciendo que: “la torpe conducta de muchos oficiales de Buenos Aires que con sus expresiones de desusada incredulidad y ateísmo creían atraer la admiración general –atropellando sacrílegamente las procesiones de los devotos indígenas y vistiendo los ornamentos sacerdotales para arengar al pueblo desde el púlpito, como lo hiciera Monteagudo, después de la parodia de oficiar la misa en el pueblo de Laja- motivó el desprestigio total de la Revolución, adquiriendo en la poblaciones del altiplano, un sentido anticatólico e impío que nunca tuvo”. Tanto fue así que el mismo Gregorio de Lamadrid en sus “Memorias” afirma que los soldados del Norte decían: “Cristiano soy y líbreme de ser porteño”.

¿Cómo afectaba a Belgrano todo esto?, en que la conducta de Castelli no tardó en convertirse en un arma en manos españolas que utilizaron aquellos excesos para convertir su invasión en una especie de “guerra santa” contra los “corrompidos, ateos y herejes” porteños. Amargamente se queja Belgrano el 28 de abril de 1812 desde Campo Santo al notar que Goyeneche encuentra campo fértil a favor suyo: “Por el contrario, quejas, lamentos, frialdad, total indiferencia, y diré más, odio mortal; que casi estoy por asegurar que preferirían a Goyeneche, cuando no fue más que por variar de situación, ver si mejoraban”

El problema de los recursos

A los problemas políticos que hubo de ponerse en tarea de solucionar, Belgrano tenía que vérselas con los inconvenientes de la carencia de logística para la campaña y con los conflictos personales entre hombres que se veían desplazados y se convertían en trabas para el desarrollo de la empresa. Tratarían de indisponerlo con Güemes, a quien en ese año de 1812 había enviado castigado por Belgrano a Buenos Aires a causa de sus amoríos con “la Juana Inguanzo”. Pero para Belgrano la Patria está primero a pesar de la pobreza, así dice: “Yo mismo estoy pidiendo prestado para comer” (…) “En nuestro presente conflicto ¿cuál es el recurso para continuar la lucha en que estamos comprometidos? ¿Despedir la tropa porque el Erario carece de fondos para sostenerla? Esto es decir que, disponiendo de armas, pidamos el tiránico yugo español”. “Consumo cincuenta reses diarias, no sé de dónde sacarlas, porque se han agotado los depósitos. Se ha disminuido la ración de carne; vivimos con el arroz traído de Tucumán; vamos a echar mano de los bueyes. A consecuencia de esto la deserción se pronuncia. Estoy en un desierto” (Instituto Nacional Belgraniano “General Belgrano, apuntes biográficos” Bs. As. 1994. Pág. 101-102).

Con los problemas propios que significaba armar una tropa y movilizarla en medio de exiguos recursos y abandono político, otro problema de la mayor gravedad, asaltó a Belgrano. Se descubre correspondencia que aparentemente cruzaba el primer obispo de Salta, Nicolás Videla del Pino con el general realista José Goyeneche. Por aquellos días se hallaba en vigencia el Decreto del 31 de julio de 1810 que condenaba a muerte a los “mantenedores de tales carteos”. Sin duda, el obispo estaba incurso en el delito de lesa traición. La reacción de Belgrano no se hizo esperar y dictó el siguiente oficio: “Ilustrísimo señor: En el término de veinticuatro horas se pondrá V. S. I., en marcha para la capital de Buenos Aires, pidiendo todos los auxilios precisos, pero a su costa, al prefecto de ésa, a quien con esta fecha imparto la orden consecuente. Dios guarde a V. S. I. muchos años. Estancia del Río Blanco, 16 de abril de 1812. Manuel Belgrano” (De Egaña, Antonio S. J. “Historia de la Iglesia en la América española” BAC. Madrid. 1966. Pág. 728).

Hubo de soportar Belgrano ingentes presiones y contratiempos por esta orden, críticas y sentencias tachándolo de anticatólico, avasallador del poder eclesiástico y masón liberal y ateo, dándose como prueba de lo último al nombramiento anticanónico de don José Idelfonso Zabala, que motivaría la airada queja de Videla –ya recluido en Buenos Aires- ante la Asamblea de 1813, objetando: “trastornos y perplejidades que naturalmente se han de seguir en la línea eclesiástica y espiritual en todo mi obispado, con la inducción de una vacante por vía de hecho y contra derecho, removiendo aún a mi provisor y poniendo el gobierno eclesiástico en el capítulo, como si yo hubiese fallecido o sido depuesto de que resulta la anxiedad (sic) de las conciencias por la nulidad de los actos jurisdiccionales y de fueros internos” (De Egaña, Antonio S. J. Pág 728).

Nada pudo hacer Videla del Pino a pesar de múltiples quejas y presentaciones, continuó recluido en el convento bonaerense de La Merced “en donde se le tiene en arresto, con guardias a la puerta de su habitación”.

Es de imaginar cómo impactarían estos hechos y presiones en el espíritu de Belgrano, sin embargo, en favor de ambas partes hay que señalar que ni masón anticatólico fue Belgrano, ni traidor Videla, sino ambos víctimas de las circunstancias. Belgrano aceptaría que nunca había visto las tales cartas y la historiografía más reciente ha demostrado la inexistencia de las mismas. Pero el General se movía en aguas turbulentas; el enemigo a unas leguas, Buenos Aires que jugaba su propia partida y en Salta oficiales, hacendados y otros que perseguían su propio interés y utilizaban la situación para zanjar rencillas personales u obtener la mejor ganancia política o económica. Había que resolver sobre el terreno situaciones cuyo mal de origen anidaba a miles de lenguas de distancia y que se recreaba en manos de oscuros personajes que contribuían a confundir las cosas.

Estos problemas acompañaban el paso de las tropas hacia Salta, desfilaban incesantemente por la cabeza de un Manuel Belgrano que ya venía enfermo, tanto que aquella jornada del 20 de Febrero había dispuesto de un carruaje para desplazarse porque estaba impedido de montar, aunque finalmente lo hiciera. Enfermo, cansado, sin recursos, acechado por murmuraciones y calumnias, debiendo decidir improvisadamente, así, fue capaz de conducir al éxito a las armas de la Patria, porque la Batalla de Salta tiene un valor estratégico tanto en lo militar como en lo político. Si Belgrano perdía en aquella jornada, nada hubiera detenido entonces el avance realista hasta Córdoba y desde allí a la soberbia Buenos Aires. El Movimiento de Mayo de 1810 se hubiera perdido y hoy estaríamos contando otra historia.
Fuente: El Intransigente

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